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martes, 13 de enero de 2009

Garten im orient. Paul Klee


La única salida es cruzar la puerta. Afuera seré libre. Necesito respirar. Voy a salir. Sus manos tiemblan, la boca es un lugar árido y pedregoso, la luz un enemigo que se esconde y espera.

Nunca hubo espejos, como me gustaría tener uno ahora. Camina despacio, sus ojos siguen cerrados. Me escondo, me encuentran, ya nadie me busca. Su cuerpo no reconoce las instrucciones. Primer paso, segundo, tercero, volver a empezar. Primer paso, segundo. No pisar línea, no repetir número, nunca quedarse quieto, caminar recto y sin distracciones. Tengo que salir, ya es hora. La espera terminó. Tal vez no. Otro paso. Caminar despacio para no perderme. Recordar. Respirar. Secar el sudor, saludar al minotauro. La salida está cerca. Cuál de todas. Sus manos rastrean, reconocen los caminos sabios y nuevos. Lanza la piedra, escucha, golpea dos veces antes de caer. Otra vez entre el infierno y el cielo.

Hace frío. Todavía hace frío y no conozco el sol. Se detiene y piensa. En el camino va encontrando la memoria. Recoge los hilos, delgados y ajenos, se mira en ellos y los guarda en el bolsillo. Mejor los dejo. O mejor nacer de nuevo o mejor seguir muerto.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Olvidos

Femme se coiffant. Pablo Picasso


Al abrir los ojos lo había olvidado. Una sombra alcanzó a escurrirse por debajo de la puerta. Siempre iba detrás, esperando, aguardando, vigilando. El olor a tabaco todavía rondaba entre los hilos de aire. Su respiración profunda y sosegada no acabó nunca de acostumbrarse. Así como nunca se acostumbró del todo a verlo frente a ella todas las mañanas, como un espejo del que no tenía escapatoria. Y en él un reflejo guardado para toda la vida, una mujer vieja y ansiosa esperando un milagro: ser feliz.

Lo primero que sucede cuando se empieza a olvidar a alguien a quién se le ha jurado que nunca va a ser olvidado es el cambio, casi imperceptible, en la forma de respirar. El tiempo que tarda el aire desde que entra hasta que sale es cada vez menor, ya no hay ningún paisaje para contemplar; la vida se hace angosta y apretada. Después cambia la forma de mirar, los olores se mudan y las manos se vuelven ermitañas por elección, se esconden entre los bolsillos o alucinan.

Ahora se preguntaba si no había empezado a olvidarlo desde el primer día. Después de todo, la idea de confirmar la derrota antes de la batalla siempre daba buenos resultados. La profecía y la rendición al mismo tiempo. Él empezando a vivir, ella muerta desde el comienzo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Rutina en cinco actos

El abrazo. Gustav Klimt
Primer acto

Esa mañana Verónica llegó con el periódico. Lo tomó del borde de la escalera y se lo puso en las piernas. -Ahí tienes tus noticias -le dijo sin mirarlo. Él se estiró sobre la silla y empezó a leer.

Segundo acto

La mañana siguiente Verónica llegó con el periódico. Lo tomó del borde de la escalera y se lo puso en las piernas. -Ahí tienes tus noticias -le dijo sin mirarlo. Él se estiró sobre la silla y empezó a leer. Cuando terminó se levantó y caminó hasta el jardín. Verónica estaba cortando raíces y sembrando semillas. -Te demoras -le preguntó. -No mucho –respondió sin mirarlo. – Entonces voy a la tienda.

Tercer acto

La mañana siguiente Verónica llegó con el periódico. Lo tomó del borde de la escalera y se lo puso en las piernas. -Ahí tienes tus noticias -le dijo sin mirarlo. Él se estiró sobre la silla y empezó a leer. Cuando terminó se levantó despacio y caminó hasta el jardín. Ella estaba cortando raíces y sembrando semillas. -Te demoras -le preguntó. -No mucho –respondió sin mirarlo. – Entonces voy a la tienda. Manuel fue y volvió. En el camino encontró algunos vecinos y perdió algunos recuerdos. Al regresar se sentó en la misma silla. Verónica hacía ruidos en la cocina.

Cuarto acto

La mañana siguiente Verónica llegó con el periódico. Lo tomó del borde de la escalera y se lo puso en las piernas. -Ahí tienes tus noticias -le dijo sin mirarlo. Él se estiró sobre la silla y empezó a leer. Cuando terminó se levantó despacio y caminó hasta el jardín. Ella estaba cortando raíces y sembrando semillas. -Te demoras -le preguntó. -No mucho –respondió sin mirarlo. – Entonces voy a la tienda. Manuel fue y volvió. En el camino encontró algunos vecinos y perdió algunos recuerdos. Al regresar se sentó en la misma silla. Verónica hacía ruidos en la cocina. -¿Quieres desayunar? –le preguntó con un murmullo. –Más tarde, más tarde –cerró sus ojos y levantó los brazos -ahora quiero dormir un rato.

Quinto acto

La mañana siguiente Verónica llegó con el periódico. Lo tomó del borde de la escalera y se lo puso en las piernas. -Ahí tienes tus noticias -le dijo sin mirarlo. Manuel se levantó y la abrazo. Después empezó a leer.

martes, 21 de octubre de 2008

Subterránea

Las mujeres que no conocemos. Fotografía de José Luís Guerin


Bajó corriendo la escalera. Casi sin aire, casi sin palabras. Esperó con impaciencia la fila, siete personas, hombre de gafas y más de 80 kilos detrás del vidrio. El aire alrededor giraba despacio, el olor a metal oxidado era más fuerte que su perfume. Tenía una derrota anunciada por sus lágrimas de la mañana y las que ya se pronosticaban para la noche.

Tres en la fila, el hombre de gafas y de más de 80 kilos secaba las gotas de sudor que rodaban por su frente; una llegó casi hasta el ojo, gruesa y opaca. El sonido de los frenos del vagón saliendo del túnel se parecía, esa tarde, al sonido de sus piernas tratando de doblarse para caminar. Un paso detrás de otro. Un paso detrás de otro. Sus pies se levantaban del suelo con una lentitud como las de las hojas que caen entre alientos de otoño. Ella también estaba cayendo, justo en ese momento.

Un boleto por favor. Los 90 centavos exactos, la mano estirada con precaución y gracias. No pudo evitar la humedad pegajosa entre sus dedos ni el olor a viernes en la noche un rato antes de la lluvia ni las caras largas que terminó pisando sin darse cuenta. Bajó la segunda escalera, pasó el torniquete, se acomodó en la fila y caminó al mismo ritmo. El metro ya estaba estacionado, rugiendo en la selva, preparando la partida. Corrió para alcanzarlo. Un sobre arrugado y grueso cayó de su abrigo. Lo miró y se detuvo.


Primer camino

Respiró agotada, se devolvió por el sobre mientras veía correr los vagones entre los rieles y entre las nubes. Pasarían por lo menos 10 minutos para el próximo. Decidió salir, necesitaba comer algo y recordó que no había cocinado nada en la mañana. Pasó de vuelta por el torniquete –ahí iban los 90 centavos- y subió desde el centro de la tierra hasta la superficie.

Cruzó la calle, caminó algunos metros y se sentó en la zona de fumadores del café La Paz. Sacó la cajetilla, lo pensó, le dio vueltas, la alejó y la volvió a acercar. Mientras cedía como todos los días a la tentación, pensaba en que había sido una buena idea no irse en ese metro. Esa noche era mejor esperar hasta que estuviera dormido. No tenía ganas de hablar. Sacó la carta del sobre que había sido salvado del río de pies apurados y empezó a leer. No eran unas buenas palabras de despedida.

Encendió el cigarrillo y aspiró el humo; también su tristeza y la noche que no debía terminar. Lo aspiró a él completo, sin temores. Pidió un café y se miró en la ventana. Todavía no estaba vieja.

Al salir, tres cigarrillos y dos cafés más tarde, sintió que la noche era una historia sin palabras que se perdía entre su vientre. Respiró. Otra vez. Observó por un rato, giró, se devolvió en el tiempo. Después dio el primer paso. Cruzando la calle lo encontró. Venía mirando al suelo y la encontró de frente. En pocas palabras ese que aparecía, como una sombra, era el hombre a quien más había amado en la vida. En pocas palabras se acercó –8 años después- que bueno encontrarte en dónde estás viviendo me separé hace dos años y regresé a la ciudad.

Lo vio alejarse mientras guardaba en su bolsillo el pedazo de papel con su teléfono. Una sonrisa se asomó. Dio el paso a la otra orilla. Lo llamaría en la mañana.


Segundo camino

No quería esperar 10 minutos hasta el próximo metro. Podía volver a escribir la carta que estaba dentro del sobre. Así que dio la vuelta y subió apretada al vagón. Las miradas y los cuerpos atascados en el pasillo se repetían. En la mañana y en la tarde, de la misma manera con diferentes nombres. Uno detrás de otro, como en la fila, como en la vida.

Empezó a recordar lo que decía la carta. Había pasado toda la tarde tratando de armar el rompecabezas, pero las palabras no encajaban. Por eso era mejor volver a escribirla. O era mejor nunca haberla escrito. En ese momento yacía bajo el río de pies apurados, con frío y algunas arrugas de más. Próxima estación Avenida La Plata.

Algunas lágrimas delgadas cayeron en el borde de sus labios. Su lengua las llevó dentro de la boca. Él también estaba dentro de su boca y el sabor ya no era dulce. La carta era de despedida, era de lugares comunes y de silencios incómodos. Era, en pocas palabras, el registro de su tristeza. Próxima estación Pichincha.

Las puertas se abrían para expulsar, para tragar, para devolverlos a las cavernas. Sus ojos estaban atados a una huella en el vidrio, a la oscuridad, a los gritos de los frenos y de algunos niños sentados en la última banca del vagón. Él ya estaría en casa, todavía esperando, con el periódico sobre las piernas y el cigarrillo entre los labios. Nunca le había insinuado nada antes, ni siquiera la había visto llorar. Esa noche sería la primera vez que la escucharía hablando de la rutina y de las noches tristes; de la agonía y de las ganas de salir corriendo. Próxima estación Independencia.

Se abrió paso entre la gente, con los brazos que remaban camino a la salida. Se detuvo algunos segundos, tal vez un minuto. Respiró y empezó a subir la escalera. Se sentía valiente. Afuera el aire la atacó sin permiso, trató de enviarla de regreso al centro de la tierra. Un hombre se acercó por detrás y le pidió su cartera, su abrigo y las pocas monedas que tenía en el bolsillo. Después corrió con las manos llenas y el rastro de sangre en su cuchillo.

lunes, 13 de octubre de 2008

ESCENAS

Cuadrados con círculos concéntricos. Wassily Kandinsky


1
Esa mañana al despertar se encontró con su olor –vainilla y sándalo-, una carta en el borde de la cama y la ventana cerrada. Sus labios estaban pintados en el espejo. Cerró los ojos. El día no podía empezar así.

2
Esa mañana, al despertar, se encontró con algunas huellas tímidas de su olor, una carta en el suelo -cerca al borde de la cama-, y la ventana cerrada. Algunas líneas de luz naranja penetraban por las rendijas. Cerró los ojos. No quería que su día empezara sin ella.

3
Esa mañana, al parecer más húmeda que la anterior, despertó temprano. El lado de su cama aún estaba caliente pero ella se había ido; en la almohada quedaban algunas lágrimas casi secas y su olor. En el espejo dejó una carta y sus labios pintados. La ventana estaba abierta pero sin aire. Suspiró y volvió a cerrar los ojos. Quería soñar que aún estaba ahí.

4
Esa mañana no quería despertar pero lo hizo. No quería abrir los ojos pero pronto se encontraba mirándose en el espejo, a través de los labios que ella había dibujado. Encima de la almohada había dejado una carta, junto a su olor y a los hilos desprendidos de su memoria. Eran oscuros y silenciosos. Frotó sus ojos y volvió a cerrarlos.

5
Esa mañana se despertó con el abrazo tibio de sus piernas; ella lo estaba mirando. Sus ojos eran los espejos en los que quería mirarse toda la vida. Sus manos se internaron en su espalda; emprendieron la ruta programada en las cartas de navegación. Sus labios eran un dibujo entrelazado con los murmullos del viento. Cerró los ojos y sonrió.

6
Esa mañana no se despertó. Su olor no estaba en la almohada. Ella no había dejado ninguna carta, ni los labios pintados en el espejo. Ni siquiera había espejo. La ventana estaba cerrada y sus manos también.

7
Esa mañana Alicia salió muy temprano. Escribió una nota sin muchos detalles y la dejó en el borde la cama, lejos de sus pies. Pensó en abrir la ventana pero no quería despertarlo. Le dio un beso en la frente. Salió despacio, lo miró por última vez y cerró la puerta.

lunes, 6 de octubre de 2008

Observatorios

Galatea de las esferas. Salvador Dalí

Susana asomada entre el rompecabezas del vidrio; entre los rituales que la salvan de su memoria. Sus ojos eran, en aquellas mañanas despejadas, observatorios amarillos para mirar el universo y el patio y las otras ventanas abiertas y las manos con los trazos de su agonía. Eran observatorios de corto alcance y de lugares comunes.

En esas otras ventanas yacían también observatorios y manos moviéndose como alas rotas. Otras mujeres extrañando las vidas que nunca tuvieron, pero de las que estaban convencidas. Otras mujeres asomadas a los recuerdos y a los inventos. Otras mujeres deambulando como sombras. Susana sabía quienes eran. La estructura de ese universo estaba en su vientre, ansioso y trastornado; en las conversaciones con el aire que silbaba en sus oídos. Conocía las historias porque estaban escondidas debajo de la lengua y entre las sábanas.

El tiempo detrás de la ventana, tres barrotes verticales, cinco horizontales, era una masa sin forma a cuyas agresiones ya se había acostumbrado. Las tardes eran voces que susurraban desde el espejo. En la noche despertaban los dragones que escupían palabras y ya no tenía donde guardarlas. Esperaba y cerraba los ojos, se quedaba en silencio para tratar de evadirlos, pero siempre la encontraban. Se asomaba entonces por la ventana y presentía el movimiento de las ramas y de las raíces. Se mecía con ellas, se alejaba, su cuerpo se hacía polvo y se iba. Cuando el sol se asomaba cerraba la ventana.

A las 8 reiniciaba la observación. A las 10 la primera tableta de teralite. A las 11 el sueño que nunca quería tener (ahí también aparecían los dragones). A las 12 la bandeja con la comida que no probaba. En la tarde los observatorios siempre estaban tristes, atisbando los olores de las otras ventanas, esperando, buscándolo sin remedio, como todos los días. Sus manos volaban para encontrarlo. Detrás de los almendros, en la línea de los horizontes que no se ven, en su aliento sobre el cuello colgado de algún lugar sin nombre.

Susana tenía 22 años, un cuaderno para contar historias y una navaja escondida debajo de la almohada.

martes, 9 de septiembre de 2008

Muerte y vida. Gustav Klimt

Llegó la muerte un día, despacio, con los ojos tristes y escondidos. Llegó en una nube de mariposas y humo, con letras grises y asustadas. La calle era una larga mancha de voces y de almas; entre las manchas caminaba Miguel. Sus brazos colgaban como las ramas de un árbol viejo. Nadie lo notaba; los caminantes no se fijan en los espejos rotos. Su respiración era un remedo de aire, atascada en la garganta y en recuerdos expulsados de la memoria. Y la muerte llegó ese día, saltando sobre las azoteas, jugando sobre los toboganes. De una a otra. De uno a otro.

Eran las tres y media y una botella de agua en la mano. Un café con zona de fumadores, un hombre dormido en la escalera del metro. Detrás estaba ella, esperando. Las tres y media y treinta segundos. Las tres y media y cuarenta segundos. Sus pies trataban de no perder la línea recta en el horizonte de asfalto por el que caminaba.

Y ese día llegó la muerte, vestida de margaritas y azules, sin maquillaje y con las manos frías porque no se dónde dejé los guantes. Era otoño y Miguel un árbol sin hojas atendiéndose las heridas, lamiendo sus raíces. Descubriendo que después de ella no hay nada. Eran las cuatro y la botella de agua estaba en la basura, sus manos estaban sudando, sus alas sucias rotas inservibles, su voz sin voz, sus pies cansados, la mirada sin ojos, el cuerpo sin la piel y desarmado. Las sombras eran largas.

Quedaban atrás sus atardeceres y las palabras en la punta de los dedos y la cama con las sábanas limpias y los pedazos de amor regados en el suelo y su imagen desordenada en el espejo. Atrás estaba ella y ya no lo miraba más.

Y cuando la muerte llegó, mordiéndose los labios, vio que no había nada que hacer. Miguel ya estaba muerto.

martes, 26 de agosto de 2008

Eva

Mujer Desnuda. Pablo Picasso

Son las 6. Entre sus manos se escapan las líneas sutiles de un atardecer que puede ser cualquiera. En sus sábanas, marchitas y agrias, se esconden los rituales y todos los nombres, que pueden ser de cualquiera. Aún no encuentra el suyo y ya perdió la esperanza. La memoria se amarra a sus pies, como raíces a la tierra; los lava y los deshace. Caminan sin ojos porque no hay nada que encontrar.

Su cuerpo empieza a levantarse a las 7, con arrepentimiento y con hambre, el resto -de lo poco que de ella queda- no lo hace antes de la media noche, cuando ya es demasiado tarde. Las historias que habitan en su piel sacan los brazos, se retuercen, gimen sin voz y se resignan.

Va desde su cama hasta la ducha, amarilla y deshojada (las dos); su ruta es una suma de figuras inconexas y de conversaciones con las sombras. Nunca pasa frente al espejo. Cuando era niña jugaba a no pisar las rayas de las baldosas. Ahora intenta no caer encima de las colillas de cigarrillo, que pueden ser de cualquiera.

Cuando va de regreso, después de que los ríos de agua y saliva entraron por sus arrugas, se pregunta, como cada noche-como cada mañana-como cada suspiro por los hijos que no tuve- si su vida hubiera podido ser diferente; por fortuna es una pregunta que no tiene respuesta. Acomoda los rotos de las medias entre la maraña de sus amores, sube un poco más la falda y contiene la respiración.

Mientras baja la escalera, recuerda una canción que su mamá le cantaba antes de dormir.

lunes, 4 de agosto de 2008

Alas de cera


Si tus manos fueran dos alas de cera, Alejandra, podrías todavía escuchar las advertencias o volverías a cerrar los ojos mientras se derriten tus sueños o abocarías tus tropas de asalto hacia el sol y mantendrías una batalla sin fin, con el amor entre los brazos. Entonces cada año volverían tus trenzas, como rayos de luz, y terminarían enredadas en los ojos de los almendros.

Si tuvieras esas alas en lugar de manos, me rescatarías de este laberinto oscuro o me mirarías por última vez o te quedarías conmigo. O mejor no. Podrías perderte de nuevo y no tendrías como regresar; los hilos que cuelgan de tus dedos no son tan largos.

De tus labios, Alejandra, saldrían bosques y procesiones. El tiempo perdería la memoria. Y al extender las alas -con olor a canela y azufre- los espejos no volverían a abrir sus ojos.

Y si tus alas no fueran de cera, podrían estar hechas de las lágrimas de madrugada o de las cortezas de tu piel o de las palabras escondidas en el ánfora olvidada de los nombres.

Si tuvieras esas alas, aunque sucias y ajadas, podrías irte mañana. Si las tuviera lograrías escapar de este minotauro que te devora todas las noches.

martes, 29 de julio de 2008

CANDELARIA

A Pablo

Candelaria, ojos de mar dulce y salado. Hoy salvaste mi vida. Me habías dicho que estabas enamorada y nunca te había puesto atención. Sólo pensaba en correr más allá de la esquina de los vientos.

Esta mañana, mientras me preparaba para entrar al laberinto que mis amigos hicieron con pasto recién cortado, te acercaste en silencio. El olor a tierra daba vueltas en mi aire y no te vi llegar. Por eso no corrí.

Pensaba en la forma de atravesar ese laberinto. Todavía no sabía que hacer para no encontrarme con esa enorme piedra que estaba en el centro. Oscar me dijo que la había puesto ahí porque un laberinto sin minotauro no servía.

Te acercaste a mi, Candelaria, con tus manos temblando, todavía no se si de frío o de amor. Casi sin mirarme, pusiste entre mis manos un pedazo de hilo sacado de tu uniforme. Es para que logres salir del laberinto –dijiste con esa voz dulce que casi no había escuchado.

Ese día, con seis años, supe por primera vez que significa estar enamorado.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Cartas desde el olvido *

El teléfono sonó muy temprano, el día aún era una luz delgada en el horizonte. Nadie respondió y tampoco pudo volver a dormir. Debajo de las cobijas se armó un baile de manos y pies desordenados. La cueva oscura lo rechazaba, como ya lo habían hecho otros. Se resistía a abrir los ojos, como si ese acto desesperado le permitiera conservar la esperanza. Debajo de la almohada, apretado contra el colchón. La respiración agitada después de la lucha. El aire amargo entrando con prisa.

Esa mañana, sin falta, llegaría el correo con alguna noticia. La profecía de su fracaso lo tenía claro: no iba a ser buena, igual que las otras. Las cartas con el borde arrugado y la letra temblorosa. Sus ojos en el piso. Los giros y los giros. Su vida un círculo que no se cierra. Los giros. Y de nuevo. Las cobijas apretaban sus sueños, los retenían. No los dejaban salir. Se retorcía entre las sábanas buscando el silencio. Del otro lado de la ventana los gritos del mundo estaban en pie. No descansaban, no saciaban su sed ni con las lágrimas ni con la lluvia. No lo necesitaba, no lo soportaba. Bastaban sus recuerdos amarrados al borde la cama. Esos si eran insaciables.

Ya estaría por llegar la carta. Su perfume envasado en varias palabras afanadas y en muchos puntos y comas. Telegrafiaba sus emociones, les cortaba las alas casi antes de nacer. La carta pasando la calle, pisando la acera, rompiendo alguna flor del jardín. Y en el buzón. Y entonces eran él y la carta en una batalla que desde el comienzo ya estaba perdida. Pondría sus pies el suelo, bajaría las escaleras, buenos-días-vengo-por-mi-correo, volvería a subir, se sentaría mirando la calle, abriría despacio el sobre, contendría la respiración y leería con dificultad. Sólo entonces recordaría que había prometido no volver a leer sus cartas.

Los gritos pausados de la puerta del edificio lo devolvieron a la hora y al calor y a la- carta-que-ya-está-dentro-del-buzón. Las manijas. Los huesos. Los giros. La mañana que desapareció. Los giros. La ventana abierta. Todavía estoy aquí escondido y tengo calor.

* Gracias Celina

lunes, 21 de enero de 2008

Esa mañana, antes de abrir los ojos, sabía que ella ya no estaba. Las arrugas de la sábana todavía permanecían intactas. Evidencias de un amor nocturno, de un aterrizaje por instrumentos en un cielo oscuro y lluvioso. Lo primero que hizo al levantarse fue abrir la ventana para comprobar que podía respirar sin ella; si pudo. Después se asomó al espejo para comprobar que podía sonreír sin ella; no pudo.

Recogió los pasos desde la cama hasta la entrada de la casa, la escalera con sus gritos tristes; el plato de comida aún sobre la mesa del comedor; los libros mal guardados en la biblioteca; el tapete doblado en la misma esquina y con las mismas huellas de arena, imborrables e infinitas; el último beso cerca de la ventana, las cortinas desde entonces cerradas. Se olvido de los zapatos sucios recostados en la puerta del jardín.

Recordó las palabras que había dejado salir sin precaución. ¡Tantos arrepentimientos tardíos! Recordó también los trazos de las manos en la orilla de su piel, esos murmullos que no se callan más que con la muerte. Tuvo, entonces, la sensación de estar viviendo la vida de los otros, de los extraños que encontraba todos los días en la calle, esas vidas ajenas en las que se repiten una y otra vez los retazos de las historias. El retorno de lo previsible y la espera porque seguro que esto tiene solución. Nunca la tiene.

La última noche se convirtió en un recorrido lento y ansioso por las viejas imágenes, el camino que se quedó atrás. Los olores inconfundibles, los pinos alrededor del lago, la memoria que sana pero no olvida. Mercedes es de esas personas que aparecen sin ser invitadas y luego, contra los pronósticos, permanecen porque se vuelven necesarias. Ese podría ser un pretexto si no tuviera la certeza que era esa precisamente la causa de la decisión.

Bajó la escalera con cuidado y sin ganas. Eran exactamente 15 escalones. Los contó desde su primera visita a la casa, como parte de un ritual que no termina; para ganar la batalla lo primero es controlar el terreno. En este caso el terreno era la escalera; en todos los casos la batalla es la vida.

Primer escalón: el día que la conoció no fue capaz de mirarla a los ojos.

Segundo escalón: te conozco pero no te recuerdo. Mentira.

Tercer escalón: el olor de sus manos le recordaba a una mañana en el campo, su cuello era un refugio para las tormentas.

Cuarto escalón: esa tarde, frente al café de su hermano, por fin la miró; ella miraba hacia otro lado.

Quinto escalón: las gotas caen, ligeras algunas, pesadas las demás, sobre el borde de metal que se asoma cerca de la ventana.

Sexto escalón: la primera vez que caminó por esa escalera contó los pasos.

Séptimo escalón: de tantas veces que volvió a la casa de Mercedes, en una se olvidó de contar los escalones. Al día siguiente se mudó con ella.

Octavo escalón: una mañana sentado en la cocina; Mercedes, trenza delgada sobre su frente, sentada en el butaquito pálido, descalza. El sonido de la cafetera.

Noveno escalón: el recorrido por el jardín, disculpa para viajes interminables de los que todavía no regresan. Cuando vuelvan ya no se van a encontrar pero entonces no lo sabían.

Décimo escalón: los mapas de las estrellas pegados sobre los espejos, y el telescopio asomado en la ventana. Después de algunos meses se aprendió casi todos los nombres.

Decimoprimer escalón: tres de la mañana (o de la tarde), lo importante entonces era que ella no estaba. Era su casa pero decidió irse, una mañana después del desayuno, decide qué vas a hacer con la casa. No fue necesario pensar en eso, una semana después regresó.

Decimosegundo escalón: subir con los ojos cerrados, las manos abiertas y Mercedes respirando sobre mi cuello. ¡Cómo se extraña la respiración de quien se ha ido!

Decimotercer escalón: el olor de la leña ardiendo en la chimenea, algunos hilos de humo que se escapan por las rendijas, Book of days al volumen de Mercedes y las manos que no se buscan porque ya saben el camino.

Decimocuarto escalón: mirando por la ventana y ella me mira.

Decimoquinto escalón: la última noche. Y ahora yo.

Al final de la escalera el silencio. De nuevo las palabras que pensó que era mejor no decir; arrepentirse es una buena manera de morir lentamente. Y también el miedo. Su miedo era Mercedes. Siempre lo fue pero nunca lo reconoció, aunque estaba seguro que ella lo tenía claro desde el comienzo. Ahora pensaba, después de tantos años, que su historia tenía mucho de predecible, como todas.

Antes del atardecer Miguel salió de la casa, mirando al suelo como la primera vez que la vio. Cerró la puerta y se fue. Sobre la cama, todavía las arrugas estaban intactas.

domingo, 6 de enero de 2008

En la ventana instaló el puesto de observación. Su única defensa. Por algunos minutos continuó mirando a través del hilo de luz que entraba a través de la cortina, después volvió a la cama. Sus ojos seguían el rastro de las figuras resaltadas en el techo. Lo estaba buscando. Desde la línea de cemento cortada junto a la puerta a los mundos que aparecían en el recorrido hasta el final del muro; las noches anunciadas y los bosques pintados en la ruta de sus manos.

Por dos meses y tres días lo buscó, con el firme propósito de mirarlo y preguntar. No lo quería para nada más. Era lo que le repetía todos los días la mujer que se asomaba en el espejo. Ella no estaba tan convencida. Así que escondía las palabras detrás de su lengua, después, sin que se diera cuenta, las escupía en el lavamanos. De vez en cuando guardaba alguna, para pasar los silencios.

Durante el día, dos o tres veces, se asomaba con precaución por encima de las barricadas de la ventana. Con los ojos cerrados primero, por si acaso. Luego daba una mirada general al terreno, algunas veces aún sin abrirlos, empezando en el jardín de los almendros y las historias escondidas entre sus grietas de otras mujeres asomadas, respirando. Pronto estaba atisbando en las otras ventanas, sin saber con certeza si eran enemigos o aliados los que, escondidos, la estaba mirando. De eso si estaba segura, la observaban, a través del pequeño espacio entre el cerco, de madera maciza algo desteñida, y la jamba labrada sin ningún cuidado. Sólo unos pocos centímetros eran suficientes, así era para ella y sin duda también para los otros.

Esas miradas, a veces tan lánguidas, eran la única herramienta para la batalla. Miradas en línea recta, afiladas, desahuciadas, sin discursos. Miradas desnudas. Y entonces el espejo también servía para ensayar, jugando a la guerra. Así, descubría a los otros que la habitaban, los advertía entre los espejismos y trataba, en vano, de derrotarlos. Nunca se rendía, tampoco nunca se resistía.

Y en esas batallas, perdidas antes de empezarlas, se pasaban los segundos que eran minutos que eran horas que eran días que eran palabras enredadas en su vientre. Escribía. Debajo de su almohada permanecía su cuaderno de hojas recicladas, así como las historias repetidas que ya conocían el mismo de regreso. En sus anotaciones siempre era de noche y él siempre la estaba esperando...

lunes, 1 de octubre de 2007

La única salida es cruzar la puerta. Afuera seré libre. Necesito respirar. Voy a salir. Sus manos tiemblan, la boca es un lugar árido y pedregoso, la luz un enemigo que se esconde y espera. Esta mañana, mientras ella no lo observaba, tomó las llaves y las guardó bajo la tabla suelta en el piso; sabía que algún día iba a servirle. No fueron en vano las heridas de su pie. Este es el momento. Ya salió, su sombra va detrás. Yo no recuerdo como es la mia, se perdió y no encontró el camino de regreso. Me espera afuera. Me voy.
Nunca hubo espejos, como me gustaría tener uno ahora. Camina despacio, sus ojos siguen cerrados. Me escondo, me encuentran, ya nadie me busca. Su cuerpo no reconoce las instrucciones. Primer paso, segundo, tercero, volver a empezar. Primer paso, segundo. No pisar línea, no repetir número, nunca quedarse quieto, caminar recto y sin distracciones. Si, tengo que salir, ya es hora. La espera terminó. Ella tal vez lo imagine, podría regresar antes. Tal vez no. Otro paso. Caminar despacio para no perderme. Recordar. Respirar. Secar el sudor, saludar al minotauro.La salida está cerca. Cuál de todas. Sus manos rastrean, reconocen los caminos sabios y nuevos. Lanza la piedra, escucha, golpea dos veces antes de caer. Otra vez entre el infierno y el cielo. Otra vez. Necesito avanzar un poco más. Está cerca. Escucho las voces, me siguen buscando, no han perdido la esperanza.
Hace frío. Todavía hace frío y no conozco el sol. Se detiene y piensa. Se confiesa, de rodillas, ante sus antepasados y se reconcilia con ellos. Lo perdonan, él también. En el camino va encontrando la memoria. Recoge los hilos, delgados y ajenos, se mira en ellos y los guarda en el bolsillo. Mejor los dejo. O mejor nacer de nuevo o seguir muerto. Cortar los hilos antes de salir.
Encuentra el espejo y recuerda quién es. Mejor me quedo. Mejor me voy. Regresar para olvidar el camino. Esconder la memoria y entonces perder el rastro. Se detiene de nuevo y vuelve a pensar, todavía sabe cómo hacerlo. Afuera seré libre. El aire, las ganas de volar. Me voy. Sus pies no se mueven más, sus dedos son una masa sin vida. Otra vez ese olor, ya viene, voy a salir, escucho su voz, no tengo tiempo. No lo tengo.

martes, 15 de mayo de 2007

Al abrir los ojos lo había olvidado. Una sombra alcanzó a escurrirse por debajo de la puerta. Siempre iba detrás, esperando, aguardando, vigilando. El olor a tabaco todavía rondaba entre los hilos de aire. Su respiración profunda y sosegada no acabó nunca de acostumbrarse. Así como nunca se acostumbró del todo a verlo frente a ella todas las mañanas, como un espejo del que no tenía escapatoria. Y en él, un reflejo guardado para toda la vida, una mujer vieja y ansiosa esperando un milagro: ser feliz.

Definitivamente lo había olvidado. No porque no recordara los tres años juntos; o la primera vez que lo vio en la clase de baile; o las cartas puestas con delicadeza debajo del tapete de la entrada; o las miradas a pesar de los invitados a las comidas en casa de su hermana; o la primera vez que se dio cuenta que ya no era indispensable. Ese día empezó a olvidarlo.

Lo primero que sucede cuando se empieza a olvidar a alguien a quién se le ha jurado que nunca va a ser olvidado es el cambio, casi imperceptible, en la forma de respirar. El tiempo que tarda el aire desde que entra hasta que sale es cada vez menor, ya no hay ningún paisaje para contemplar; la vida se hace angosta y apretada. Después cambia la forma de mirar, los olores se mudan y las manos se vuelven ermitañas por elección, se esconden entre los bolsillos o alucinan.

Ahora se preguntaba si no había empezado a olvidarlo desde el primer día. Después de todo, la idea de confirmar la derrota antes de la batalla siempre daba buenos resultados. La profecía y la rendición al mismo tiempo. Él empezando a vivir, ella muerta desde el comienzo.

jueves, 1 de marzo de 2007

Recogiendo los pasos (segunda parte)

Mercedes es de esas personas que aparecen sin ser invitadas y luego, contra los pronósticos, permanecen porque se vuelven necesarias. Ese podría ser un pretexto si no tuviera la certeza que era esa precisamente la causa de la decisión. La escalera de madera ligeramente desgastada tenía exactamente 15 escalones. Los contó desde su primera visita a la casa, como parte de un ritual que nunca termina; para ganar la batalla lo primero es controlar el terreno. En este caso el terreno era la escalera; en todos los casos la batalla es la vida.

Primer escalón: el día que la conoció no fue capaz de mirarla a los ojos

Segundo escalón: te conozco pero no te recuerdo. Mentira

Tercer escalón: el olor de sus manos le recordaba a una mañana en el campo, su cuello era un refugio para las tormentas

Cuarto escalón: esa tarde, frente al café de su hermano, por fin la miró; ella miraba hacia otro lado

Quinto escalón: las gotas caen, ligeras algunas, pesadas las demás, sobre el borde de metal que se asoma cerca de la ventana

Sexto escalón: la primera vez que caminó por esa escalera, contó los pasos, junto a ella. A Mercedes le pareció raro lo de contar

Séptimo escalón: de tantas veces que volvió a la casa de Mercedes, en una se olvidó de contar los escalones. Al día siguiente se mudó con ella

Octavo escalón: una mañana sentado en la cocina; Mercedes, trenza delgada sobre su frente, sentada en el butaquito pálido, descalza. El sonido de la cafetera

Noveno escalón: el recorrido por el jardín, disculpa para viajes interminables de los que todavía no regresan. Cuando vuelvan ya no se van a encontrar pero entonces no lo sabían

Décimo escalón: los mapas de las estrellas pegados sobre los espejos, y el telescopio asomado en la ventana. Después de algunos meses se aprendió casi todos los nombres

Decimoprimer escalón: tres de la mañana (o de la tarde), lo importante entonces era que ella no estaba. Era su casa pero decidió irse, una mañana después del desayuno, decide qué vas a hacer con la casa. No fue necesario pensar en eso, una semana después regresó

Decimosegundo escalón: subir con los ojos cerrados, las manos abiertas y Mercedes respirando sobre mi cuello. ¡Cómo se extraña la respiración de quien se ha ido!

Decimotercer escalón: el olor de la leña ardiendo en la chimenea, algunos hilos de humo que se escapan por las rendijas, Book of days al volumen de Mercedes y las manos que no se buscan porque ya saben el camino

Decimocuarto escalón: mirando por la ventana y ella me mira

Decimoquinto escalón: la última noche. Y ahora yo

Al final de la escalera el silencio. De nuevo las palabras que pensó que era mejor no decir; arrepentirse es una buena manera de morir lentamente. Y también el miedo. Su miedo era Mercedes. Siempre lo fue pero nunca lo reconoció, aunque estaba seguro que ella lo tenía claro desde el comienzo. Ahora pensaba, después de tantos años, que su historia tenía mucho de predecible, como todas.

Antes del atardecer Miguel salió de la casa, mirando al suelo como la primera vez que la vio. Cerró la puerta y se fue. Sobre la cama, todavía las arrugas estaban intactas.

jueves, 22 de febrero de 2007

Recogiendo los pasos (primera parte)

Esa mañana, antes de abrir los ojos, sabía que ella ya no estaba. Las arrugas de la sábana todavía permanecían intactas. Evidencias de un amor nocturno, de un aterrizaje por instrumentos en un cielo oscuro y lluvioso. Lo primero que hizo al levantarse fue abrir la ventana para comprobar que podía respirar sin ella; si pudo. Después se asomó al espejo para comprobar que podía sonreír sin ella; no pudo.

Recogió los pasos desde la cama hasta la entrada de la casa, la escalera con sus gritos tristes; el plato de comida aún sobre la mesa del comedor; los libros mal guardados en la biblioteca; el tapete doblado en la misma esquina y con las mismas huellas de arena, imborrables e infinitas; el último beso cerca de la ventana, las cortinas desde entonces cerradas. Se olvido de los zapatos sucios recostados en la puerta del jardín.

De regreso a su cama, todavía no quería mirar las miradas de los otros, recordó las palabras que había dejado salir sin precaución. ¡Tantos arrepentimientos tardíos! Recordó también los trazos de las manos en la orilla de su piel, esos murmullos que no se callan más que con la muerte. Tuvo, entonces, la sensación de estar viviendo la vida de los otros, de los extraños que encontraba todos los días en la calle, esas vidas ajenas en las que repiten una y otra vez los retazos de las historias. El retorno de lo previsible y espera que esto tiene solución. Nunca la tiene.

La última noche, que entonces no lo era, se convirtió en un recorrido lento y ansioso por las viejas imágenes, el camino que se quedó atrás. Los olores inconfundibles, los pinos alrededor del lago, la memoria que sana pero no olvida. Mercedes es de esas personas que aparecen sin ser invitación y luego, contra los pronósticos, permanecen porque se vuelven necesarias.