Las mujeres que no conocemos. Fotografía de José Luís Guerin
Bajó corriendo la escalera. Casi sin aire, casi sin palabras. Esperó con impaciencia la fila, siete personas, hombre de gafas y más de 80 kilos detrás del vidrio. El aire alrededor giraba despacio, el olor a metal oxidado era más fuerte que su perfume. Tenía una derrota anunciada por sus lágrimas de la mañana y las que ya se pronosticaban para la noche.
Tres en la fila, el hombre de gafas y de más de 80 kilos secaba las gotas de sudor que rodaban por su frente; una llegó casi hasta el ojo, gruesa y opaca. El sonido de los frenos del vagón saliendo del túnel se parecía, esa tarde, al sonido de sus piernas tratando de doblarse para caminar. Un paso detrás de otro. Un paso detrás de otro. Sus pies se levantaban del suelo con una lentitud como las de las hojas que caen entre alientos de otoño. Ella también estaba cayendo, justo en ese momento.
Un boleto por favor. Los 90 centavos exactos, la mano estirada con precaución y gracias. No pudo evitar la humedad pegajosa entre sus dedos ni el olor a viernes en la noche un rato antes de la lluvia ni las caras largas que terminó pisando sin darse cuenta. Bajó la segunda escalera, pasó el torniquete, se acomodó en la fila y caminó al mismo ritmo. El metro ya estaba estacionado, rugiendo en la selva, preparando la partida. Corrió para alcanzarlo. Un sobre arrugado y grueso cayó de su abrigo. Lo miró y se detuvo.
Primer camino
Respiró agotada, se devolvió por el sobre mientras veía correr los vagones entre los rieles y entre las nubes. Pasarían por lo menos 10 minutos para el próximo. Decidió salir, necesitaba comer algo y recordó que no había cocinado nada en la mañana. Pasó de vuelta por el torniquete –ahí iban los 90 centavos- y subió desde el centro de la tierra hasta la superficie.
Cruzó la calle, caminó algunos metros y se sentó en la zona de fumadores del café La Paz. Sacó la cajetilla, lo pensó, le dio vueltas, la alejó y la volvió a acercar. Mientras cedía como todos los días a la tentación, pensaba en que había sido una buena idea no irse en ese metro. Esa noche era mejor esperar hasta que estuviera dormido. No tenía ganas de hablar. Sacó la carta del sobre que había sido salvado del río de pies apurados y empezó a leer. No eran unas buenas palabras de despedida.
Encendió el cigarrillo y aspiró el humo; también su tristeza y la noche que no debía terminar. Lo aspiró a él completo, sin temores. Pidió un café y se miró en la ventana. Todavía no estaba vieja.
Al salir, tres cigarrillos y dos cafés más tarde, sintió que la noche era una historia sin palabras que se perdía entre su vientre. Respiró. Otra vez. Observó por un rato, giró, se devolvió en el tiempo. Después dio el primer paso. Cruzando la calle lo encontró. Venía mirando al suelo y la encontró de frente. En pocas palabras ese que aparecía, como una sombra, era el hombre a quien más había amado en la vida. En pocas palabras se acercó –8 años después- que bueno encontrarte en dónde estás viviendo me separé hace dos años y regresé a la ciudad.
Lo vio alejarse mientras guardaba en su bolsillo el pedazo de papel con su teléfono. Una sonrisa se asomó. Dio el paso a la otra orilla. Lo llamaría en la mañana.
Segundo camino
No quería esperar 10 minutos hasta el próximo metro. Podía volver a escribir la carta que estaba dentro del sobre. Así que dio la vuelta y subió apretada al vagón. Las miradas y los cuerpos atascados en el pasillo se repetían. En la mañana y en la tarde, de la misma manera con diferentes nombres. Uno detrás de otro, como en la fila, como en la vida.
Empezó a recordar lo que decía la carta. Había pasado toda la tarde tratando de armar el rompecabezas, pero las palabras no encajaban. Por eso era mejor volver a escribirla. O era mejor nunca haberla escrito. En ese momento yacía bajo el río de pies apurados, con frío y algunas arrugas de más. Próxima estación Avenida La Plata.
Algunas lágrimas delgadas cayeron en el borde de sus labios. Su lengua las llevó dentro de la boca. Él también estaba dentro de su boca y el sabor ya no era dulce. La carta era de despedida, era de lugares comunes y de silencios incómodos. Era, en pocas palabras, el registro de su tristeza. Próxima estación Pichincha.
Las puertas se abrían para expulsar, para tragar, para devolverlos a las cavernas. Sus ojos estaban atados a una huella en el vidrio, a la oscuridad, a los gritos de los frenos y de algunos niños sentados en la última banca del vagón. Él ya estaría en casa, todavía esperando, con el periódico sobre las piernas y el cigarrillo entre los labios. Nunca le había insinuado nada antes, ni siquiera la había visto llorar. Esa noche sería la primera vez que la escucharía hablando de la rutina y de las noches tristes; de la agonía y de las ganas de salir corriendo. Próxima estación Independencia.
Se abrió paso entre la gente, con los brazos que remaban camino a la salida. Se detuvo algunos segundos, tal vez un minuto. Respiró y empezó a subir la escalera. Se sentía valiente. Afuera el aire la atacó sin permiso, trató de enviarla de regreso al centro de la tierra. Un hombre se acercó por detrás y le pidió su cartera, su abrigo y las pocas monedas que tenía en el bolsillo. Después corrió con las manos llenas y el rastro de sangre en su cuchillo.