sábado 31 de octubre de 2009

Como les anuncié, en los próximos días 15 estaré en el blog del Festival de Teatro de Bogotá. Aunque muchos no puedan asistir, espero que logren estar pendientes

jueves 29 de octubre de 2009

Primer recuerdo de Julia

Esa noche su memoria se desató como una tormenta. Las ventanas y sus manos temblaron. Por las paredes desfilaron imágenes-palabras-señales-helados en el parque con Susana-lágrimas a las 9 de la noche.

Al dormir se encontró en una tarde en el lago con su hermano y con Susana. Tenía 8 o 9 años y dos trenzas sobre los hombros. Si hubiera sido la niña perfecta que su mamá quería, en ese momento debería estar en la escuela escuchando las incoherencias de una mujer desabrida. Si hubiera sido esa niña perfecta no se habría quitado la ropa para meterse al agua ni tampoco, como lo hizo ese día, habría decidido irse de su casa.

A Susana la conocía desde los 6 años. Estaba sentada en la última silla del salón; tenía las mejillas rojas y los ojos inflamados. De inmediato reconoció la señal del llanto y esa fue la disculpa para acercarse porque ella también había llorado antes de llegar a la escuela. Después supo que tenían las mismas pesadillas.

El lago era un escondite perfecto, en donde nunca la buscaban porque te prohibo que vayas a ese lugar. Su hermano, que siempre tuvo claro su sufrimiento, la ayudaba a respirar, la escondía, le reparaba las alas, le daba besos en la frente, la salvaba de los abismos, la invitaba a comer helado y la llevaba al lago.

Esa tarde, el cielo era un colchón blanco con agujeros de colores. Julia flotaba en el agua; su mirada estaba detenida en los movimientos de las nubes y en el dolor de no ser perfecta; sus brazos trazaban caminos en el agua y se preparaban para volar. Su hermano estaba en la orilla y Susana hacía inmersiones y gritaba y saltaba y no pensaba. El agua estaba fría; Julia hablaba con las voces que traía el aire de la montaña; se amarraba a las patas de los alcaravanes y se elevaba con ellos. Entonces veía su casa y a su papá con los ojos tristes; también una ventana abierta y una niña bajando por la escalera a la media noche.


pd 1: siento no comentar mucho en sus blogs estos días. El tiempo se encoge y no me alcanza. Prometo ponerme al día pronto.



pd 2: por un par de semanas estaré en otro blog. El del Festival de Teatro de Bogotá, espero verlos también por allí. El fin de semana publico el link.

martes 13 de octubre de 2009

Más sobre Julia

La última vez que lo vio estaba sentada en su mesa cerca a la ventana. Afuera la calle era una tela opaca y ella no dejaba de mirarlo. Pidió un café –sin azúcar gracias- y alguna masa blanca que no alcanzaba a identificar. Su amor por él era un caos, una tormenta desesperada, un lugar apretado, una canción en el viejo tocadiscos a las 5 de la tarde. Él nunca lo supo, pero todas las mañanas instalaba allí su puesto de observación – las defensas eran su fuerte- pedía algo que apenas probaba y se preparaba para levantarse y caminar hasta su mesa. Te acuerdas de mí o el otro día estuve pensando en decirte algo o me gustaría o quisiera o tal vez o nada. Y entonces sus pies se volvían ramas enredadas, piedras pesadas, anclas con miedo, y se quedaba sentada con la mirada inclinada y las manos frías.

Cuando él se iba, siempre tenía la esperanza de volverlo a intentar al día siguiente, hasta que no hubo día siguiente. Julia llegó muy temprano para tomar posición. Pidió un té, una galleta de avena y se sentó. Esa mañana el tiempo estaba vestido de hojas amarillas que se desprendían con prisa de los árboles. Corrían para llegar primero al suelo, entre caminos trazados por el aire, el humo –del tabaco del señor de gabardina, de los autos tosiendo en el semáforo- y los alientos de los caminantes – algunos frescos, otros aletargados, otros con sabor a noche de pesadillas-. Empezaba el otoño y la primera hoja que llegó a la calle fue la primera en ser pisada por unas botas largas número 35. Las demás, como los seres humanos, se dirigían también a un destino frágil y fatal.
Una hora más tarde, con las manos todavía frías y media galleta en la servilleta, Julia se levantó y salió de la cafetería. Dos días después, con la certeza de su permanente ausencia, decidió no regresar. Era tarde para arrepentirse de no haber cruzado hasta su mesa pero se arrepintió. Era tarde para lamentar su falta de valor, pero lo lamentó. Ese día derrumbó las barricadas y abandonó su puesto de observación. En la tarde llamó a su papá para aceptar la invitación de volver a la casa en la que pasó su niñez para el aniversario de los abuelos. Todavía estaba segura de no querer volver, pero un dolor conocido era mejor que uno por conocer. Y así, por una razón que no comprendió en ese momento, había confirmado su regreso – sólo por el fin de semana.

domingo 27 de septiembre de 2009

Fragmento 3

Viene llegando. Está a pocas calles, en una ciudad derretida y sin ventanas, en una ciudad de tejados oscuros y resbalosos, en una ciudad enrollada y sola. Mientras cruza las vitrinas y las enramadas de cables oxidados, piensa en dar la vuelta, en dejar de respirar. Tardó tres años en decidirse y se siente débil y su corazón es un lugar estrecho y vacio.

Antes de cumplir 14 años, Julia saltó por la ventana con una mochila amarilla y un remolino en el estómago. Debajo de la almohada de su hermano dejó una carta. En la tarde de este 27 de septiembre se arrastra de regreso como una sombra, sobre los muros desdibujados, entre las rejas de las casas viejas, por encima de los sembrados tristes de las mujeres de su familia. Sus labios van temblando, ya no tiene palabras para devolver la memoria a su lugar. Las escenas aparecen como el preámbulo para repetir la historia, en los callejones -20 años atrás su hermano le dibujó una rayuela en esa esquina-, en las tardes que escondía entre el bolsillo de su falda, en los golpes en la mejilla, en las medias sobre el tobillo y los zapatos sin cordones.

Esta noche Julia cumple 32 años, usa la misma mochila amarilla y todavía tiene miedo.

lunes 14 de septiembre de 2009

Pequeñas miradas IV

Tres mujeres. Pablo Picasso


Primera mirada

Una mujer sale del supermercado. Tiene los labios sucios y una bolsa en la mano. Se llama Susana y en su casa la esperan un gato, un café sin azúcar y una cama doble con una sola almohada. Al cruzar la avenida se encuentra a otra mujer que la mira desde una esquina. No la conoce. Cambia de dirección y camina con prisa; tiene miedo y todavía le faltan varias calles para su casa.


Segunda mirada

Una mujer en una esquina. Tiene las manos entre el bolsillo y con su boca dibuja delgados hilos de aire frío. No recuerda su nombre; lo perdió hace algunos días y lo está buscando. Observa a Susana saliendo del supermercado; la mira por algunos segundos y después sigue concentrada en la encrucijada de calles que se dirigen hacia el centro. Sus pies se esfuerzan por hundirse en el suelo y la tierra tiembla para despertarla.


Tercera mirada

Otra mujer, que si tiene nombre y que no tiene miedo, se asoma por una ventana. Suspira, devuelve el aire al aire y recuerda que ya es tarde para arrepentirse. Observa a dos mujeres en la calle, una camina hacia con prisa hacia el centro, otra permanece amarrada a sus raíces en el suelo. Esa mañana no las conoce. Al día siguiente Susana la atenderá en el hospital por una herida de bala. Dos días más tarde, la otra mujer, que para entonces ya habrá recordado su nombre, se la llevará con ella.

martes 8 de septiembre de 2009

De la Guajira

Atardecer en el Cabo de la Vela


Algunas expresiones en wayuunaiki


A la sombra



Con un grupo de estudiantes



En el desierto....


Desde una colina, en una ranchería cerca a Riohacha


La mina de sal en Manaure


Atardecer en Mayapo, una playa a 30 minutos de Riohacha


Sobrevolando la playa


El laberinto atravesando el desierto

Una ranchería, lugar típico de vivienda de los wayuu



sábado 29 de agosto de 2009

Estoy de nuevo en la Guajira. Desde aqui no me queda mucho tiempo de actualizar el blog ni de visitarlos.

Dentro de una semana regreso y me pondré al día, incluyendo fotos. Un abrazo
a los que pasen por aqui, con un poco de calor de esta tierra (hemos estado casi a 40º)

miércoles 19 de agosto de 2009

Pequeños olvidos

Tomado de http://www.intentional.co.uk/oldman/


Su nariz está pegada al vidrio, ya casi abre un agujero, ya casi puede oler el asfalto caliente. Ya casi. Son las tres y todavía la espera. Sus manos dan vueltas, como las alas de un hombre que va a volar por primera vez o las de un hombre que las dejó olvidadas en la esquina de algún cumpleaños.

Martín tiene los ojos guardados. Respira sobre el vidrio y siente frío. Desde el otro lado de la calle una mujer camina despacio. Entre su bolsillo guarda unas tijeras y algunas plumas blancas.