domingo, 27 de enero de 2008

SERIE DE RAYUELAS No. 1

Jorge Zeno, Rayuela, 1988


"A la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida" Julio Cortazar - Rayuela

Tenía no se cuántos años y estaba saltando. Tenía no se cuantas ganas de volar y estaba volando. Pero era cuestión de tiempo, mis alas ya estaban viejas, como se ponen viejas las alas cuando se crece; te las van cortando y se hacen tan pesadas.

Vivía entre los números de una rayuela, en un laberinto del que nadie más conocía la salida; el centro se encontraba en la esquina del espejo y aún me sonreía. En una mano apretaba con fuerza la cáscara todavía fresca de mandarina, era mi apuesta para mantener su olor entre mis dedos; en la otra esperaba resignado que se me olvidaran las palabras para nombrarme. Pasó el tiempo y así fue.

lunes, 21 de enero de 2008

Esa mañana, antes de abrir los ojos, sabía que ella ya no estaba. Las arrugas de la sábana todavía permanecían intactas. Evidencias de un amor nocturno, de un aterrizaje por instrumentos en un cielo oscuro y lluvioso. Lo primero que hizo al levantarse fue abrir la ventana para comprobar que podía respirar sin ella; si pudo. Después se asomó al espejo para comprobar que podía sonreír sin ella; no pudo.

Recogió los pasos desde la cama hasta la entrada de la casa, la escalera con sus gritos tristes; el plato de comida aún sobre la mesa del comedor; los libros mal guardados en la biblioteca; el tapete doblado en la misma esquina y con las mismas huellas de arena, imborrables e infinitas; el último beso cerca de la ventana, las cortinas desde entonces cerradas. Se olvido de los zapatos sucios recostados en la puerta del jardín.

Recordó las palabras que había dejado salir sin precaución. ¡Tantos arrepentimientos tardíos! Recordó también los trazos de las manos en la orilla de su piel, esos murmullos que no se callan más que con la muerte. Tuvo, entonces, la sensación de estar viviendo la vida de los otros, de los extraños que encontraba todos los días en la calle, esas vidas ajenas en las que se repiten una y otra vez los retazos de las historias. El retorno de lo previsible y la espera porque seguro que esto tiene solución. Nunca la tiene.

La última noche se convirtió en un recorrido lento y ansioso por las viejas imágenes, el camino que se quedó atrás. Los olores inconfundibles, los pinos alrededor del lago, la memoria que sana pero no olvida. Mercedes es de esas personas que aparecen sin ser invitadas y luego, contra los pronósticos, permanecen porque se vuelven necesarias. Ese podría ser un pretexto si no tuviera la certeza que era esa precisamente la causa de la decisión.

Bajó la escalera con cuidado y sin ganas. Eran exactamente 15 escalones. Los contó desde su primera visita a la casa, como parte de un ritual que no termina; para ganar la batalla lo primero es controlar el terreno. En este caso el terreno era la escalera; en todos los casos la batalla es la vida.

Primer escalón: el día que la conoció no fue capaz de mirarla a los ojos.

Segundo escalón: te conozco pero no te recuerdo. Mentira.

Tercer escalón: el olor de sus manos le recordaba a una mañana en el campo, su cuello era un refugio para las tormentas.

Cuarto escalón: esa tarde, frente al café de su hermano, por fin la miró; ella miraba hacia otro lado.

Quinto escalón: las gotas caen, ligeras algunas, pesadas las demás, sobre el borde de metal que se asoma cerca de la ventana.

Sexto escalón: la primera vez que caminó por esa escalera contó los pasos.

Séptimo escalón: de tantas veces que volvió a la casa de Mercedes, en una se olvidó de contar los escalones. Al día siguiente se mudó con ella.

Octavo escalón: una mañana sentado en la cocina; Mercedes, trenza delgada sobre su frente, sentada en el butaquito pálido, descalza. El sonido de la cafetera.

Noveno escalón: el recorrido por el jardín, disculpa para viajes interminables de los que todavía no regresan. Cuando vuelvan ya no se van a encontrar pero entonces no lo sabían.

Décimo escalón: los mapas de las estrellas pegados sobre los espejos, y el telescopio asomado en la ventana. Después de algunos meses se aprendió casi todos los nombres.

Decimoprimer escalón: tres de la mañana (o de la tarde), lo importante entonces era que ella no estaba. Era su casa pero decidió irse, una mañana después del desayuno, decide qué vas a hacer con la casa. No fue necesario pensar en eso, una semana después regresó.

Decimosegundo escalón: subir con los ojos cerrados, las manos abiertas y Mercedes respirando sobre mi cuello. ¡Cómo se extraña la respiración de quien se ha ido!

Decimotercer escalón: el olor de la leña ardiendo en la chimenea, algunos hilos de humo que se escapan por las rendijas, Book of days al volumen de Mercedes y las manos que no se buscan porque ya saben el camino.

Decimocuarto escalón: mirando por la ventana y ella me mira.

Decimoquinto escalón: la última noche. Y ahora yo.

Al final de la escalera el silencio. De nuevo las palabras que pensó que era mejor no decir; arrepentirse es una buena manera de morir lentamente. Y también el miedo. Su miedo era Mercedes. Siempre lo fue pero nunca lo reconoció, aunque estaba seguro que ella lo tenía claro desde el comienzo. Ahora pensaba, después de tantos años, que su historia tenía mucho de predecible, como todas.

Antes del atardecer Miguel salió de la casa, mirando al suelo como la primera vez que la vio. Cerró la puerta y se fue. Sobre la cama, todavía las arrugas estaban intactas.

viernes, 18 de enero de 2008


Esta mañana me desperté y no encontré mis alas. Voy a imaginarme unas piernas largas y delgadas para salir a buscarlas.

domingo, 13 de enero de 2008


El viernes en la noche vi "El Tiempo", de Kim Ki Duk, un director surcoreano que es necesario seguir. A través de la película es posible reflexionar sobre los efectos del paso del tiempo, en la vida, en el cuerpo, en el amor; y en las posibilidades de cambiar las imágenes que vemos en los espejos y entonces perdernos de nosotros mismos.

En la larga caminata después de la película, entre los suspiros del viento y las voces de la calle, volví sobre algunas ideas en las que he trabajado estos días. Por ejemplo, en esas sentencias casi inevitables en las que se convierte nuestro proceso de "socialización", la formación de nuestro carácter. Es ahí justamente en donde nos alejamos de nuestra esencia, del contacto con nuestro centro. El carácter, construcción artificial, nos aleja de los que somos y nos pone en el camino de lo que los demás necesitan de nosotros. Y así el tiempo pasa, entre las actuaciones mecánicas y el reconocimiento de las múltiples máscaras pero nunca de lo que realmente podríamos ser.

También pensaba, entre mis propias máscaras, en la fragilidad de lo que somos. Personajes de una obra que se mueve al son de los deseos de los espectadores; pocas veces de los protagonistas. Movimientos, sutiles o violentos, en los que intercambiamos las voces y las actitudes; la acomodación a los contextos y a sus necesidades. Para mi es claro que sin encontrar el centro, tarea que no es imposible, esta rutina no cesará.

domingo, 6 de enero de 2008

En la ventana instaló el puesto de observación. Su única defensa. Por algunos minutos continuó mirando a través del hilo de luz que entraba a través de la cortina, después volvió a la cama. Sus ojos seguían el rastro de las figuras resaltadas en el techo. Lo estaba buscando. Desde la línea de cemento cortada junto a la puerta a los mundos que aparecían en el recorrido hasta el final del muro; las noches anunciadas y los bosques pintados en la ruta de sus manos.

Por dos meses y tres días lo buscó, con el firme propósito de mirarlo y preguntar. No lo quería para nada más. Era lo que le repetía todos los días la mujer que se asomaba en el espejo. Ella no estaba tan convencida. Así que escondía las palabras detrás de su lengua, después, sin que se diera cuenta, las escupía en el lavamanos. De vez en cuando guardaba alguna, para pasar los silencios.

Durante el día, dos o tres veces, se asomaba con precaución por encima de las barricadas de la ventana. Con los ojos cerrados primero, por si acaso. Luego daba una mirada general al terreno, algunas veces aún sin abrirlos, empezando en el jardín de los almendros y las historias escondidas entre sus grietas de otras mujeres asomadas, respirando. Pronto estaba atisbando en las otras ventanas, sin saber con certeza si eran enemigos o aliados los que, escondidos, la estaba mirando. De eso si estaba segura, la observaban, a través del pequeño espacio entre el cerco, de madera maciza algo desteñida, y la jamba labrada sin ningún cuidado. Sólo unos pocos centímetros eran suficientes, así era para ella y sin duda también para los otros.

Esas miradas, a veces tan lánguidas, eran la única herramienta para la batalla. Miradas en línea recta, afiladas, desahuciadas, sin discursos. Miradas desnudas. Y entonces el espejo también servía para ensayar, jugando a la guerra. Así, descubría a los otros que la habitaban, los advertía entre los espejismos y trataba, en vano, de derrotarlos. Nunca se rendía, tampoco nunca se resistía.

Y en esas batallas, perdidas antes de empezarlas, se pasaban los segundos que eran minutos que eran horas que eran días que eran palabras enredadas en su vientre. Escribía. Debajo de su almohada permanecía su cuaderno de hojas recicladas, así como las historias repetidas que ya conocían el mismo de regreso. En sus anotaciones siempre era de noche y él siempre la estaba esperando...