jueves, 22 de febrero de 2007

Recogiendo los pasos (primera parte)

Esa mañana, antes de abrir los ojos, sabía que ella ya no estaba. Las arrugas de la sábana todavía permanecían intactas. Evidencias de un amor nocturno, de un aterrizaje por instrumentos en un cielo oscuro y lluvioso. Lo primero que hizo al levantarse fue abrir la ventana para comprobar que podía respirar sin ella; si pudo. Después se asomó al espejo para comprobar que podía sonreír sin ella; no pudo.

Recogió los pasos desde la cama hasta la entrada de la casa, la escalera con sus gritos tristes; el plato de comida aún sobre la mesa del comedor; los libros mal guardados en la biblioteca; el tapete doblado en la misma esquina y con las mismas huellas de arena, imborrables e infinitas; el último beso cerca de la ventana, las cortinas desde entonces cerradas. Se olvido de los zapatos sucios recostados en la puerta del jardín.

De regreso a su cama, todavía no quería mirar las miradas de los otros, recordó las palabras que había dejado salir sin precaución. ¡Tantos arrepentimientos tardíos! Recordó también los trazos de las manos en la orilla de su piel, esos murmullos que no se callan más que con la muerte. Tuvo, entonces, la sensación de estar viviendo la vida de los otros, de los extraños que encontraba todos los días en la calle, esas vidas ajenas en las que repiten una y otra vez los retazos de las historias. El retorno de lo previsible y espera que esto tiene solución. Nunca la tiene.

La última noche, que entonces no lo era, se convirtió en un recorrido lento y ansioso por las viejas imágenes, el camino que se quedó atrás. Los olores inconfundibles, los pinos alrededor del lago, la memoria que sana pero no olvida. Mercedes es de esas personas que aparecen sin ser invitación y luego, contra los pronósticos, permanecen porque se vuelven necesarias.

martes, 20 de febrero de 2007

Preguntas

Ahora me pregunto, mientras miro mi reflejo en el espejo, cuantas noches han de pasar para encontrarlo de nuevo. El espejo, por supuesto, no me responde. No tendría porque hacerlo pero nunca pierdo la esperanza. Y ni siquiera es la respuesta del espejo la que espero; lo que necesito y temo a la vez es lo que está del otro lado. Ese eterno retorno de las voces y las miradas, esa ansiedad de verme sin los velos ni las disculpas.
Ahora me pregunto si no sería preferible abandonar definitivamente este camino de palabras mal construidas, este espacio circular que me envuelve y me devuelve también. Abandonar esta sensación de libertad y trascendencia, este triste miedo a perderme o a encontrarme. Ahora me lo pregunto, pero creo que no.
Entonces a escribir...

lunes, 19 de febrero de 2007

Empezando la reflexión

Estoy pensando en los, algunas veces difíciles, espacios para la escritura. No tanto los físicos o temporales. Me refiero a los espacios internos que se entrecruzan para llevarnos por el camino de las letras. Me refiero a esas circunstancias que se acomodan (o desacomodan) a nuestro paso para conducirnos por desvíos, tendernos puentes, enfrentarnos con los espejos, o introducirnos en laberintos.
Lo pienso ahora porque estoy tratando de retomar este camino que siempre me persigue y me acompaña, que no deja de parecerme la opción de mi vida pero que también se convierte a veces en una mirada severa que me cuestiona y se aleja.

miércoles, 14 de febrero de 2007

El inicio

Ahora que estoy de vuelta a las letras, que mejor que este espacio para desenredar los hilos de las palabras, esas mujeres silenciosas que nos ahogan y también nos devuelven la vida.
Ahora que estoy de vuelta a las letras, empiezo a trazar las lineas tenues del laberinto. Conocí alguna vez el camino pero ya no lo recuerdo. Tengo en mi memoria los olores y los presentimientos, las visitas nocturnas al jardín de los espejos.